La ciudad se viste de colores semanas antes de la llegada de la primavera. Con los golpes de calor de los últimos coletazos del invierno, los lapachos rosados, amarillos y blancos despiertan y se hermanan con los azahares que perfuman las jornadas. Esta fiesta de aromas y colores siempre es bienvenida: suele predisponer a la gente al buen humor.